30 mayo 2012

Atom Egoyan - Ararat (2002)


Inglés/English I Subs:Castellano
115 min I AVI 704x400 I 1300 kb/s I 192 kb/s  AC3  I 23,97 fps
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Lejos de permanecer fosilizada en los libros, esta cinta rodada en 2002 por Atom Egoyan demuestra que la Historia forma parte de nuestros genes, que la llevamos a cuestas, que ella es tan parte de nosotros como nosotros de ella. Como escribió Benedetto Croce, “toda la historia es historia contemporánea”. Con una estética visual más bien de corte televisivo, Egoyan nos sumerge en una narración de ambiente cotidiano que se ve salpicada por acontecimientos históricos que han marcado millones de vidas para siempre, y que lo harán como un efecto dominó mientras el mundo sea mundo conectando con hilos invisibles vidas del pasado y del presente, destinos entrelazados en el subterráneo de la memoria.

Con una compleja estructura que intercala tres escenarios diferentes (la Turquía de 1915, el estudio del pintor Arshile Gorky en el Brooklyn de 1934 y el Canadá próspero y tranquilo de 2002) la película nos mete de lleno en el espinoso tema del genocidio padecido por el pueblo armenio a manos del ejército turco durante la Primera Guerra Mundial a través de la historia de una familia y de los sucesos cotidianos que atraviesan en Toronto. La familia de Gorky fue exterminada por los turcos, salvándose él gracias a su huida a Norteamérica. En Brooklyn pintó un extraordinario retrato de su madre y él mismo a partir de una fotografía que les fue tomada poco antes del genocidio. En Toronto, Ani, profesora de Arte oriunda de Armenia, imparte conferencias sobre este pintor armenio y aprovecha las claves ocultas en el cuadro para difundir y recordar el mensaje reivindicativo del exterminio de todo un pueblo. Un famoso director de cine (interpretado por el cantante francés de origen armenio Charles Aznavour) se fija en ella y la contrata como asesora histórica en la superproducción sobre aquel momento histórico que comienza a rodar. Mientras, su hijo Raffi (David Alpay), contratado como conductor en el rodaje, vive una apasionada relación con su hermanastra, una joven conflictiva que acusa a Ani de ser la causante del suicidio de su padre. Raffi, cuya conciencia se ve removida por la vuelta al pasado que supone el rodaje de la película (sensacional forma con la que Egoyan encadena los distintos flashbacks para mostrar directamente los dramáticos hechos al desnudo, combinando una vuelta a la realidad del pasado con la ficción cinematográfica que lo recrea), se ve tan alterado que se zambulle en la Historia de su pueblo. Cuando regresa de Turquía, el funcionario de la aduana (espléndido Christopher Plummer) comprueba que lleva en su equipaje unas latas con rollos de celuloide de 35 mm., varios videocasettes y una videocámara. Intrigado y temiendo que las latas escondan algo muy distinto que la película que Raffi afirma llevar, comienza un largo interrogatorio por el que llegamos a conocer la compleja historia, y que poco a poco va conectando las vidas de ambos, ya que David, el funcionario de aduanas, vive con la pena de que su hijo, que le mantiene lo más alejado posible de su nieto, vive un amor homosexual con Alí (Elias Koteas), un joven actor de origen turco que interpreta al general genocida en la película que rueda Aznavour.

Esta compleja pero perfectamente encadenada historia nos abre a los abismos de la memoria y del recuerdo, tanto individuales como colectivos. Todos los personajes conviven con una situación que pretenden negar, ya sea un pasado histórico, un desencanto amoroso, un hecho luctuoso del que son responsables o una situación de hecho que sienten inadmisible, y que les asalta imperiosamente como una vivencia espectral incontrastable e inevitable pero no obstante durísima de aceptar. Pero particularmente es la cuestión armenia la que conmueve y trastoca el puzzle vital de Ani, pero sobre todo de Raffi, mientras que Alí (en una extraordinaria escena junto a Raffi en la escalera de su casa, botella de champán por medio, tras una no menos magnífica secuencia con Aznavour en el set de rodaje en la que ambos reflexionan acerca de la naturaleza del genocidio armenio, causas, pretextos y consecuencias) no quiere sino pasar página y vivir el momento, determinado a no perder tiempo en amargarse con una cuestión de la que está convencido que nadie hoy en día puede interpretar correctamente al no haberse encontrado en el lugar y momento histórico de los hechos.

La película, que en ocasiones, debido al extremo dramatismo de algunas de sus escenas y a la crudeza desnuda y lacónica con la que se retrata el laborioso exterminio de los armenios, resulta excesivamente impactante, casi hiriente, es una obra imprescindible, una reflexión profunda, amarga, doliente, sobre el abismo del ser humano. Quizá el único problema de la cinta es la implicación emocional de su director, a quien pertenecen en realidad todas las reflexiones y sentimientos que emiten los personajes y las situaciones, todo el dolor que traspasa la pantalla. Excesivamente reflexiva, teórica, “verbalizada”, en la película prevalecen los tintes reivindicativos y divulgativos sobre un hecho olvidado por casi todo el mundo por encima del corazón, de la exposición de sentimientos desnudos, de amargura, tristeza y pérdida. Egoyan se encuentra demasiado cercano al epicentro de la trama, cuando quizá hubiese debido esforzarse por tomar distancia y narrar desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, sin incluirse emocionalmente por delante de los sentimientos de los propios personajes, de modo que el público no llega a simpatizar nunca del todo en profundidad con el drama de los personajes individualizados, mientras resulta apabullado con las amarguras del pueblo armenio.


Por otro lado, esta película de visionado obligado nos mueve a otro nivel de reflexión histórico-política. Conceptos como pueblo, nación, bandera, etnia, raza, religión, arrojados continuamente entre los seres humanos (hasta el punto de haberse convertido en un acto inconsciente, verdadero peligro para todos nosotros), son meras arbitrariedades, accidentes, que nada o muy poco tienen que ver con la auténtica esencia personal de todos y cada uno de los seres que los componen, al tiempo que sacan los colores a todos esas “víctimas” de la “opresión” que se adjudican “sufrimientos”, “persecuciones” y “afrentas seculares” que no son sino ficciones y epopeyas románticas a la medida de unos deseos políticos que nada tienen que ver con la verdadera historia sí padecida por otros, que son realmente víctimas de un doble exterminio: el primero, a golpe de bayoneta, el segundo, a golpe de olvido. Y eso al tiempo que nos traslada a la más reciente actualidad, con una Turquía que intenta acceder al “confort” y “estabilidad” europeos pero en cuya legislación afirmar la verdad histórica del genocidio armenio sigue siendo un delito castigado con penas de cárcel, y una Europa, con Francia a la cabeza (país donde sucede lo contrario, se considera delito negar el genocidio armenio del mismo modo que el Holocausto judío) que exige pasos claros en el reconocimiento de unos hechos innegables que ni siquiera Mustafá Kemal Ataturk, el padre de la Turquía “moderna” que firmó el acta de defunción del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial, se dignó a reconocer.

Ararat, que toma el nombre del símbolo armenio por antonomasia, el célebre monte donde la tradición sitúa el aterrizaje del arca de Noé tras el diluvio universal, y cuya imagen preside como decorado central el set de rodaje de la película, es una cinta única, imprescindible. Ambiciosa por el espectro sentimental, histórico, político y reivindicativo que pretende cubrir, dura por lo que muestra, conmovedora por lo que hace sentir, muy pedagógica para todos aquellos que sienten la tentación de envolverse en una bandera cualquiera (no importan los colores ni la anchura, sentido o número de franjas) para vomitar odio y resentimiento hacia otros. El sacrificio del pueblo armenio (no olvidemos que, si bien de etnia armenia, eran plenos ciudadanos turcos desde hacía siglos y habían contribuido con su esfuerzo humano y económico durante centurias a la hegemonía turca en el Mediterráneo oriental) nos recuerda que seguir a ciegas a los inventores de naciones, a los mesías de los pueblos, los que se atribuyen la capacidad de etiquetar y compartimentar a las personas, decidir sobre la pureza de sangre de los que tienen que ser una cosa u otra, quienes se erigen en entes decisorios acerca de quién debe quedarse y quién irse, de quién cumple los requisitos y quién no, nos coloca tarde o temprano en el lado de las víctimas o en el de los verdugos.


If you are expecting a historic epic about the Armenian genocide this isn't it.
Instead it is a finely crafted, tightly directed look at the historical events of 1915 and how it has affected those that followed. Focusing on four generations, from an Armenian artist who survived the genocide in Van through to Raffi, a Canadian Armenian in his early twenties (played brilliantly by David Alpay in his professional debut) you need to know nothing about the history to get something from this film about the nature of humanity.
The direction is Egoyan's usual unusual style - juxtaposing images one on top of the other to stunning effect, although his narrative style of jumping from thread to thread (and generation to generation) does take some getting used to.
This film will be controversial because of the subject matter, but it isn't two hours of Turk bashing, despite what some of its more biased detractors would say. It does take several of the oft quoted explanations for the genocide and answer them head on, but there are no easy answers.
If you want a film that will leave you stunned both thematically and stylistically then this really is it.

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2 comentarios:

eStRaDaTioN dijo...

Cual es la clave? :(

Anónimo dijo...

gracias! me sirvió!!