20 septiembre 2010

James Whale - The Invisible Man (1933)

Inglès/English | Subs:Castellano
69 min | Xvid 560x416 | 1165 kb/s | 128 kb/s mp3 | 25 fps
637 MB + 3% de recuperación rar
La adaptación de la novela de H.G. Wells sobre un hombre que consigue la faculta de ser invisible resultó otra joya del género fantástico que Whale firmó para la Universal.
A partir de la década del 30 se genera un hecho importantísimo para lo que vendrá: el cine como pensamiento ya no estará nunca completamente ausente de la mente humana. En cualquiera de sus manifestaciones. Y esto se debió a las determinaciones tomadas por los estudios en aquella época. Uno de los mayores méritos del cine de los 30 fue el trabajo en paralelo de decidirse, por un lado, por serializarse emboscadamente explotando la fase industrial del cine, y por otro, la planificación de amparar el saber cultural diverso como material básico para su constante ejercicio. Así, inversamente operando a las corrientes de la época, el cine disolvió las distancias entre lo culto y lo culturalmente establecido por el establishment. Se podía convertir tanto autores consagrados como ignotos en la misma base para su desarrollo, eliminando la coartada cultural del arte a priori, al mismo tiempo que consolidaba, mediante su comprensión, la idea de que el arte no era ni más ni menos que una serie de transferencias remotas entre lo sensible y lo que pensamos que pensamos haber visto por primera vez.
El cine sería esta manifestación de simetrías ordenadas mediante una sensibilidad del intelecto y una actualización del espíritu. En la década del 30, y sobretodo gracias a los estudios, muchos artistas y productores trabajaron para que el espectador aprendiera nuevamente a pensar relacionando, por analogías, como en un flujo contínuo entre lo producido y lo observado. Para el cine no había altos ni bajos, todo debía rebajarse, uniformarse y estandarizarse para no contaminar con hechuras preexistentes la uiversalidad de su intervención, por lo menos en su primera aprehensión. Mediante este recurso el cine fue capaz de convertir a H. G. Wells en argumentista y al hombre invisible en un género. De manera que ya no habría un Hombre Invisible sino que vendrían muchos más, en distintas versiones y variantes, a la manera de una multiplicidad barroca que llegará inclusive hasta nuestros días. El cine multiplicó a Wells con la misma firmeza con la que mantuvo vivo el sentido del signo y del símbolo. El cine al hacer, mediante el símbolo, visible lo invisible, y mediante su sistematización, invisible lo visible, convirtió a Wells en el hombre invisible y a El hombre invisible de Wellls (sin Wells) en su signo visible emergente. De esta manera el cine operaba en sus actos culturales. Whale, Sherriff y la Universal tomaron la dramaticidad de Wells y su destino, y la subieron a la marea triunfante de lo trágico, la despojaron de su preocupación por la mesura y el equilibrio, y la dotaron de una sensualidad que revirtió la reducción Wellsiana de lo trascendente a lo filosófico. El cine le dió otra vuelta al nudo Wellsiano reimprimiendo el carácter de lo simbólico. En el cine el símbolo procede del signo, y se atribuye precisión. Es simbólico todo aquello que causa su significación. Para Wells El hombre invisible es una alegoría. Para el cine, El hombre invisible es un artificio. Whale puso en escena este postulado: en la primera secuencia se muestra la formidable llegada del hombre invisible a la posada, enfundado en su sobretodo, sombrero, anteojos y vendajes, atravesando la tormenta bajo la nieve. Todo ello siguiendo al pie de la letra la novela de Wells, pero a partir de que se abre la puerta, junto con ese viento impetuoso, se ingresa en otro ámbito, en otro espacio, y allí el cine, ese multiforme imparable, transforma, corrige, funde y organiza conjuntamente lo que traía de Wells con otras tradiciones, para seguir moviéndose hacia el futuro. (Texto de Juan Esteban Lagorio, tomado de Miradas de Cine)
Un hombre enigmático llega a una fonda de un pueblecito inglés. Al cabo de un tiempo el posadero intenta echarlo, pero se llevará una sorpresa al descubrir que su inquilino es un hombre invisible.
Basado en el clásico de H.G. Wells publicado en 1897, El hombre invisible fue dirigido por el genial director James Whale, quien supo imprimir un estilo británico a esta producción Universal. Como ya hiciera en El doctor Frankenstein (Frankenstein, 1931) y más tarde en La novia de Frankenstein (Bride of Frankenstein, 1935), Whale se centró en ofrecer una apariencia cotidiana y costumbrista a los pueblos donde transcurre la acción, para variar el enfoque narrativo cuando mostraba lo fantástico o lo terrorífico −véase el laboratorio del doctor Frankenstein, oscuro, húmedo y tenebroso, donde todos sus moradores son presentados con encuadres distorsionados−. Así, en este filme, cuando se presenta Griffin en la posada su aparición es abrupta, con un contrapicado inclinado, y luego nos muestra uno a uno los rostros casi inmóviles de los presentes, desconcertados y asustados. Lo cotidiano es violentado por lo fantástico. La historia del libro ha sido condensada para ofrecer la extensión de un filme estándar de “clase B” de la época, aunque manteniendo el espíritu del relato. El guión está bien estructurado, mostrándonos el progresivo deterioro mental del personaje principal, desde el deseo de encontrar la cura a su enfermedad hasta el ansia por conquistar el mundo, y cómo ese hombre va perdiendo el asidero de la cordura para desembocar en la locura, despreciando la vida humana: no duda en matar a un policía para demostrar que puede hacerlo sin más. Ni siquiera el amor hacia su novia le hace olvidar el afán por destruir. James Whale nos muestra esa caída con pulso firme, con escenas memorables como cuando todos entran en el cuarto de la pensión y descubren al hombre invisible, o el asesinato del que era su socio por obligación. También el descarrilamiento del tren demuestra la locura de Griffin, como una mano vengadora invisible.
La historia puede ser vista de distintas formas, como una metáfora (ya conocida, por ser tratada muchas veces) sobre el descontrol del poder científico, algo muy habitual en la obra de Wells, pero también podría tratar sobre la alienación del ser humano: el ser invisible le permite a Griffin dar rienda suelta a esos instintos criminales, la parte oculta de su mente que se ha hecho visible con la invisibilidad. Cuando habla de curarse, utiliza la palabra “volver”, pues para él ha desaparecido y otra persona ha tomado su lugar, por lo cual hay una lucha por sobrevivir de ambas partes, la buena, la visible, y la mala, la invisible, en una parábola “transparente” de la dualidad Jekyll/Hyde. Al final, sólo con la muerte volverá a ser el de siempre, de igual forma que Jekyll en la novela de Stevenson.
La película es, pues, una muestra más del buen hacer de Whale, quien dirige con un ritmo comedido mas no lento, donde la cámara se centra en relatar los acontecimientos sin planos innecesarios pero sin olvidarse nada importante. Tal vez el filme ofrezca demasiados toques de humor que aligeran la oscura trama, pero el director nos ha mostrado momentos turbadores, como las referidas escenas, así como la presencia de Claude Rains lleno de vendajes, con unas magistrales voz y risas. Tampoco hay que olvidar esos divertidos juegos de palabras con referencia hacia la invisibilidad (”Griffin ha desaparecido”, “es un científico transparente”). En fin, una cinta que no debe quedar invisible a los ojos de los aficionados. (Claqueta)
Claude Rains practically owns his film debut in The Invisible Man, despite the fact that his face (let alone his body) is seen only for seconds in the final moments. As the brilliant scientist who discovers the secret of invisibility, Rains steps into the film wrapped up like a mummy behind a layer of bandages and blanketed in heavy clothes. When he removes his garments, there's nothing underneath, a simple but effective bit of 1930s movie magic that, apart from a few glitches, works as well today as it did in 1933. Like Frankenstein, another cautionary tale of science gone horribly wrong, the consequences of the doctor's experiments are dire: the chemicals drive him insane. Director James Whale infuses the film with plenty of humor, much of it arising from the quaint quirks of the local villagers, but it turns to black comedy as the doctor transforms from an impish prankster upsetting bicycles and taunting tavern patrons to a megalomaniac bent on world domination. It's slow going even at 71 minutes, but full of delightful touches and boasts a terrific performance by the all but unseen Rains, whose rich, cultured voice envelopes the picture in a kind of omnipresent fog. Vincent Price took up the role in the sequel, The Invisible Man Returns. --Sean Axmaker
“El que luche contra monstruos, debería asegurarse que, a su vez, no se convierta en un monstruo.” H. G. Wells

PD: Aquì Ray Loriga nos invita a unirnos al club del Hombre Invisible, yo ya me inscribì.

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4 comentarios:

Anónimo dijo...

James Whale me parece un director muy malo. Estas peliculas de monstruitos pienso que son muy flojas, hoy no dan miedo ni a un niño pequeño. Se las mira con cariño por su antiguedad pero como a los juguetes de Lego. Del 1 al 10, las peliculas de Whale no llegan al 5.

Oli

Rodrigo Alcázar dijo...

Acabo de encontrarlos, este blog es de lo mejor que hay en internet, felicitaciones y gracias. Ahora disculpen mi ignorancia: ya bajé todos los archivos de "The Invisible Man" y se llaman "THE_1NV151BLE_M4N.avi.001". 002, 003, etc. hasta el 008, ¿qué debería hacer con estos archivos? También bajé "Invasion of the Body Snatchers" y no tuve ningún problema ya que eran .rar
Atte.,
Rodrigo

saynomoreglass dijo...

Hola, Rodrigo, bàjate el 7-zip, con este programa puedes abrir un montonòn de formatos de archivos. Saludetes y abrazos!!

scalisto dijo...

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