09 julio 2010

John Ford - 7 Women (1966)

Inglès/English | Subs:Castellano
73 min | Xvid 656x288 | 1327 | 77 kb/s mp3 | 25 fps
839 MB
En el verano de 1935, en la frontera entre China y Mongolia, dominada por señores feudales y bandidos, los miembros de una aislada misión americana se encuentran desamparados tras la invasión del país por parte de Tunga Khan. En respuesta a la petición urgente de un doctor por parte de la misión, es enviada la doctora Andrews.El portón de una misión cristiana se abre para permitir el paso de un coche. La cámara, y nosotros con ella, se introduce entre sus muros para ya no salir de ellos en toda la película: Siete mujeres (7 Women, 1966), en efecto, se va a desarrollar en su integridad dentro de este espacio cerrado, claustrofóbico; todo lo que ocurra fuera va a permanecer elidido, fuera de campo, importando sólo en la medida que afecta a los conflictos que se están produciendo entre los habitantes —mayoritariamente mujeres— de esta misión norteamericana en el norte de la China de 1935 —país en que se libra una guerra civil—, no siendo la función de este espacio muy diferente a la del fuerte de cualquier western: constituirse en el refugio de una pequeña comunidad ante los peligros procedentes del exterior, sólo que aquí los indios son de Mongolia. Siete mujeres, la última película de John Ford, apenas va a tener en cuenta el contexto histórico en que transcurre, a pesar de ser éste tan determinante en muchas de las películas de su director, desarrollándose incluso varias de ellas, como ésta, durante una guerra civil —sin ir más lejos, tres años antes John Ford dirigió el episodio La guerra civil del film La conquista del Oeste (How the West Was Won. John Ford, Henry Hathaway y George Marshall, 1962), producido por Bernard Smith y fotografiado por Joseph LaShelle, al igual que Siete mujeres—. Pero lo que interesa a John Ford en el film que cierra su filmografía no es la épica que acompaña a los grandes acontecimientos históricos sino el drama íntimo de sus personajes. De ahí la práctica ausencia del paisaje, de exteriores, de ahí la fotografía de tonos oscuros que resalta en primer término a los personajes oscureciendo los fondos —de forma muy notable en las últimas escenas del film, las que anteceden al sacrificio de la doctora Cartwright, con Anne Bancroft iluminada mágicamente por la vela que lleva, aislándola del entorno, concediéndole todo el protagonismo—, lo que hace de Siete mujeres una de las películas más descarnadas, austeras, esenciales en definitiva, de la obra de Ford.
Nos encontramos, pues, en un espacio cerrado, opresivo, ante "un film de decorados que en su desnudez artificial permiten ver mejor en el interior de los personajes". Un interior torturado, infeliz, al que ni los propios personajes tienen acceso con facilidad, tal es la represión e intransigencia, el enclaustramiento interior en que viven: los muros en Siete mujeres no son exclusivamente los de la misión. Uno de los personajes, la señorita Binns (Flora Robson) incluso habla más explícitamente de "los muros de nuestro celibato". El único momento en que la cámara sale al exterior es en los créditos iniciales, que recogen a los bandidos mongoles montando alocadamente sus caballos; parece que Ford quiere que seamos conscientes desde el principio de la película de la amenaza que se cierne sobre la misión, situada cerca de la frontera de Mongolia, que hay una realidad más allá de sus muros, peligro que va a permanecer latente durante buena parte del metraje de Siete mujeres. (...)
Si el retrato de pequeños grupos humanos es uno de los rasgos más recurrentes y característicos del cine de John Ford, en Siete mujeres encontramos a su miembro más enfermizo, por su talante endogámico, su anhelo malsano de aislarse de todo lo externo a los límites del territorio reducido —no sólo físico, también personal, ideológico, cultural, como hemos visto— que se ha construido. Su única respuesta, por tanto, ante la amenaza que supone para la comunidad Tunga Khan y sus hombres va a ser el fanatismo religioso y la locura. La única salvación real para la comunidad, de hecho, será huir de ese espacio opresivo, al final de la película, hacia un futuro incierto pero probablemente más vital que el representado por la moral represiva impuesta en la misión por la directora en su labor civilizadora en tierras chinas. Como vemos, en su postrero film John Ford ofrece una imagen muy desencantada de la civilización: para Joseph McBride y Michael Wilmington la misión de Siete mujeres "es una reducción al absurdo de la ética comunal (...) se convierte en parodia de civilización: los ideales en base a los que se creó se han vuelto una reseca y triste repetición de formas que se vienen abajo al primer enfrentamiento con el mundo que se supone iban a contener". La única nota optimista de uno de los films más oscuros de la carrera de John Ford reside en la confianza que el director de Fort Apache sigue teniendo en los valores del individuo, representados en esta película fundamentalmente por la doctora Cartwright —uno de los personajes más memorables de su obra—, en el humanismo que impregna Siete mujeres como lo ha hecho con el resto de su cine. (...)
Sin duda, esta articulación del film a través de la modulación de las miradas proporciona a Siete mujeres de una carga de profundidad suplementaria, y no sólo por ser (involuntariamente, por cierto) el testamento cinematográfico de uno de los más grandes autores del cine, de su última mirada, transformada en arte, sobre la realidad.
Extraordinario colofón a una de las más duraderas y profundas obras, si no la que más, que nos ha regalado el cine clásico americano, Siete mujeres sorprende por la valentía de los planteamientos de este melodrama intimista que nos muestra los males de la intolerancia religiosa, del moralismo y de la represión sexual; por las innovaciones que introduce el último eslabón de una obra tan fecunda como la de John Ford, abriendo, en su vejez, insospechados caminos en el mundo de su autor, que desgraciadamente no pudo recorrer. Pero también y simultáneamente, Siete mujeres nos asombra por la continuidad que establece con la trayectoria fordiana, por su coherencia tanto temática como estilística con el resto de su filmografía —y sobre todo con sus obras mayores, grupo al que Siete mujeres pertenece por derecho propio—. El papel de la moral individual dentro de la comunidad, la lucha por la conquista de la dignidad personal, de la integridad ética en una situación crítica, el anhelo por la liberación de todas las cadenas que aherrojen la libertad,... éstas y otras cuestiones son las que vuelven a interesar a Ford en su última realización, en la que ostenta la misma sobriedad y serenidad de su puesta en escena, la misma sencilla planificación en base a sostenidos planos de formato amplio, la misma valoración de las miradas y gestos cargados de sentido en plano general, sin necesidad de ningún tipo de subrayado (véase, por ejemplo, la secuencia de la primera comida en la misión). Todo ello con el protagonismo del mundo femenino, en lo que supone una obvia e importante novedad en un universo como el del director de origen irlandés esencialmente masculino, pese a la indudable trascendencia de la mujer en sus películas. En Siete mujeres, en efecto, el único personaje masculino de cierta consistencia, Charles Pether, desaparece a mitad del film y los otros, los bárbaros mongoles, apenas tienen entidad dramática, son únicamente el catalizador de los conflictos que se están dirimiendo entre las mujeres de la misión.(...)
Cuando la película funde a negro se cierra también la riquísima obra de John Ford y supone la muerte asimismo de una determinada manera de concebir el cine o al menos es uno de sus últimos y más brillantes estertores. (Texto de Josè F. Montero, tomado de Miradas de Cine)
Patricia Neal was originally cast in the heroic lead role of Ford’s apocalyptic final feature, which uncharacteristically focuses almost entirely on female characters--as an atheistic, hard-drinking, foul-mouthed doctor in a Chinese mission during the 1930s. But she became ill on her third day of shooting, and was quickly replaced by Anne Bancroft, who does a terrific job. Several critics have compared this character to Ava Gardner’s in Mogambo, and the similarity is evident despite the fact that Bancroft plays a dedicated doctor while Gardner plays a flighty showgirl. An unusual film for Ford, it’s also clearly a very personal one about the collapse of civilization and the sacrifices needed for the survival of society. It was a resounding commercial flop because MGM and most audiences didn’t know what to make of it. It’s certainly more of a shocker than any other Ford film I’ve selected, and the less you know about it in advance, the better. (Jonathan Rosenbaum)
Peter Bogdanovich: ¿Por qué se sacrifica Bancroft por las otras?
John Ford: Me parece una pregunta bastante ingenua, Peter. Era médico, su objetivo en la vida era salvar gente. Era una mujer sin religión, pero se juntó con este grupo de chaladas y empezó a actuar como un ser humano.

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-o-
John Ford en Arsenevich
Tobacco Road

4 comentarios:

Osmond dijo...

Sólo una palabra Say, que aunque breve, no deja de ser efusiva y expresiva: GRACIAS.

saynomoreglass dijo...

De nada ,Osmond, me alegra mucho tu gentileza. Un abrazo.

scalisto dijo...

Nuevos enlaces.

scalisto dijo...

7 Women de John Ford recuperada por chicharro