23 julio 2010

Don Siegel - Invasion of the Body Snatchers (1956)

Inglès/English | Subs:Castellano
80 min | XviD 576x288 | 1105 kb/s | 123 kb/s mp3 | 23,97 fps
700 MB
En una pequeña ciudad americana, cosas extrañas empiezan a suceder cuando algunas personas empiezan a comportarse de modo extraño, como si realmente no fueran las personas que dicen ser. No sólo es un maravilloso clásico de varios géneros a la vez (fantástico, terror y ciencia-ficción) sino una interesante denuncia política de la paranoia anticomunista de los años cincuenta.
Inmersos en un dossier sobre el cine de la década de los cincuenta, y siendo éste, a su vez, un texto sobre La invasión de los ladrones de cuerpos, resultaría un olvido imperdonable no aproximarse, aunque muy por encima, al convulso contexto socio-político vivido en Estados Unidos y que tanto daño hizo en todos los ámbitos de la sociedad, Hollywood, por supuesto, incluido. Es la época de la tristemente célebre Caza de Brujas, del vergonzoso proceso de “busca y captura” de todo “elemento subversivo” que oliese a comunista. Toda la ingente cantidad de propaganda pro-americana era sinónimo de feroz anticomunismo. Los sectores más reaccionarios en la lucha contra el enemigo comunista, se encontraron en Hollywood aglutinados en una asociación llamada “Defensa de los ideales americanos” (MPAPAI), presidida por el director Sam Wood. Surgieron entonces las Comisiones (Comisión Parnell Thomas, Comisión Wood, Comisión Velde y Comisión Walter) y los Comités de Actividades Antiamericanas, presididas por el Senador McCarthy, que, en 1947, acusó a la industria cinematográfica de “infiltración comunista”. Lo siguiente fueron los seudónimos para poder trabajar, los exiliados y, en el peor de los casos, para unas 214 personas (la mitad de ellos guionistas) el ostracismo absoluto dentro de la industria, lo que supone que toda una generación de cineastas (directores y guionistas sobre todo), llegados a la madurez en los 50 y destinados a suceder a los de la generación anterior (Ford, Hawks, Lubitsch, Cukor, Wyler, Capra…), se vean abocados a la marginalidad de la independencia, cuando no al exilio o la retirada. Todos ellos (Lossey, Rossen, Huston, Welles, Trumbo, Preminger, Dassin, Zinnemann, Dmytryk…) constituyen la «generación perdida».
Así, a mediados de los años cincuenta, todavía con las listas negras rondando por Hollywood, y con la amenaza de que al levantar una piedra pudiera salir un comunista con la bomba atómica bajo el brazo, al amparo de las producciones independientes surgieron una serie de títulos que pueden considerarse los reductos de la serie B. Productos en su mayoría reflejo de los temores que acongojaban a la sociedad, a medio camino entre la burla hacia estos temores y la infundada sospecha de que los peligros que los provocaban pudieran ser reales. Producciones de coste ínfimo, que encontraron entre el terror y la ciencia-ficción un terreno idóneo en el que retratar las circunstancias de toda una sociedad. Hablamos de películas como Ultimátum a la tierra (R. Wise, 1951), La invasión de Marte (W. Cameron Memphis, 1953), La mujer y el monstruo (Jack Arnold, 1954), Tarántula(Jack Arnold, 1954), El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1956), The house of hounted hill (William Castle, 1956), y, por supuesto, la que nos ocupa, La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956).
Hay varias formas de afrontar el análisis de esta película y desde todas ellas La invasión de los ladrones de cuerpos resulta tremendamente interesante. Puede hacerse desde los parámetros más puramente industriales, analizando su descarada vocación de película de serie B, barata, efectiva, y radicalmente libre; y como tal, destinada a complementar, a rellenar y, sobre todo, a sostener sobre sus “segundones” hombros gran parte de los canales de producción, distribución y exhibición de una industria que empezaba a caer en picado. Otra aproximación acertada sería analizar La invasión de los ladrones de cuerpos bajo los preceptos del cine de género, concretamente dentro del cine fantástico, y más concretamente desde su vertiente de ciencia-ficción, que es la forma que principalmente adopta el fantástico en los 50. En ese sentido la película de Don Siegel es absolutamente recomendable: intensa, perturbadora, misteriosa, desasosegante, y con toda la densa carga alegórica que se le suponía al género (y más en los tiempos que corrían). Aún hoy sigue siendo una de las cumbres del género, por su potencia visual, por su precisión narrativa y, sobre todo, por su considerable mala uva. Vista desde la distancia, con la mirada condescendiente y paternalista de la era de la hipertecnología, La invasión de los ladrones de cuerpos tiene incluso el encanto naif de unos efectos visuales maravillosamente cutres.
Pero lo realmente interesante de una película como esta (por lo demás extraordinaria, ya ha quedado claro), lo que la hace merecedora de estar incluida en un dossier sobre el cine de los años 50, es precisamente su condición de consecuencia (hasta el punto de que su guionista, Geoffrey Homes que firmó la película con el seudónimo de Daniel Mainwaring, estaba incluido en las famosas listas negras) de una década de convulsiones socio-políticas que, como hemos dicho, desestabilizaron toda la industria hollywoodiense. Esa circunstancia, unida al hecho de que Don siegel opta sin complejos por la ambigüedad moral e ideológica en un tiempo en el que no valían medias tintas: o se era amigo o enemigo, bueno o malo, patriota o comunista, es la que ha contribuido a hacer de La invasión de los ladrones de cuerpos una auténtica película de culto, en la que no importa tanto dilucidar si se trata de una «alegoría del macarthismo, sobre la amenaza del comunismo al mundo occidental, como escribieron en su tiempo…», o si «…las grandes vainas eran el seno del fascismo… y la película constituye un alegato contra el totalitarismo de cualquier color…, como se dijo en el seno de las revoluciones estudiantiles…», como el hecho de que esa polémica exista, porque significa que funciona como lo que es, como el reflejo nítido de una sociedad deformada, borrosa. Y eso es lo que le otorga su entidad de obra relevante y lo que la convierte en un excelente medidor de la temperatura cinematográfica, social y política de toda una década en Estados Unidos. (Miradas de Cine)
Something's wrong in the town of Santa Mira, California. At first, Dr. Miles Bennell (Kevin McCarthy) is unconcerned when the townsfolk accuse their loved ones of acting like emotionless imposters. But soon the evidence is overwhelming--Santa Mira has been invaded by alien "pods" that are capable of replicating humans and taking possession of their identities. It's up to McCarthy to spread the word of warning, battling the alien invasion at the risk of his own life. Considered one of the best science fiction films of the 1950s and '60s, this classic paranoid thriller was widely interpreted as a criticism of the McCarthy era (that's Senator Joseph, not actor Kevin), which was characterized by anticommunist witch-hunts and fear of the dreaded blacklist. Some hailed it as an attack on the oppressive power of government as Big Brother. However viewers interpret it, this original 1956 version of Invaders of the Body Snatchers (based on Jack Finney's serialized novel The Body Snatchers) remains a milestone movie in its genre, directed by Don Siegel with an inventive intensity that continues to pack an entertaining wallop. Look closely and you'll find future director Sam Peckinpah (an uncredited cowriter of this film) making a cameo appearance as a meter reader! --Jeff Shannon
“Quería hacer una película realista, que hablara del mundo que me rodeaba:un mundo enfermo, de guerras inexplicables, donde la mayoría de la gente, seguro al menos en Hollywood, vamos a nuestros trabajos sin tener idea de lo que pasa a nuestro alrededor; muchos ya no sienten dolor ni pena. Nos estamos convirtiendo en los cuerpos alienígenas.” Don Siegel

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2 comentarios:

scalisto dijo...

Enlaces nuevos.

plof dijo...

pues enlazados quedan