Inglès/English I Subs: Castellano222 min I Divx 704x320 I 1406 kb/s I 384 kb/s cbr AC3 I 23.97 fps
2,74 GB

En 1917 durante la Gran Guerra, un conflictivo oficial británico es enviado a Arabia para apoyar el enfrentamiento de dicho país contra los Turcos. Allí conocerá al jefe árabe Sherif Ali Ben El Kharish e impresionado por éste y por todo el pueblo árabe ara suya la lucha. Cuando las acciones de Lawrence comienzan a tener éxito, su nombre comienza a llegar a más oídos y empieza a ganarse enemigos.
Existen nombres de resonancias míticas. Zanzíbar, Tombuctú, Omán, Patagonia, Samoa, Machu Pichu... Más que lugares, espacios que acogen sueños y deseos. El cine, agente reciclador de ensoñaciones, ha reelaborado muchos de ellos, los ha "formateado" y, en algunos casos, los ha elevado a la categoría de mito, como si se tratasen de la Atlántida, de Shangri La o de Eldorado. Hay también nombres de exploradores que fueron en busca de parajes tan míticos como los nombrados: Gengis Khan, Burton, Livingstone, Amundsen, Scott, Mallory y Tensing, Alejandro Magno. Pocos de ellos, sin embargo, han gozado de buena fortuna en su representación en el cine. Hay, no obstante, un personaje que adquirió categoría mítica en la vida real (sobre todo "post mortem", todo hay que decirlo) y a quien el cine inmortalizó en "scope" y con fanfarrias: Thomas Edward Lawrence, "Orens", Lawrence de Arabia... Un auténtico solitario que lo tenía todo para ser menospreciado por la sociedad de su época: misántropo, orientalista cultivado, militar enemigo de las normas y, más que probablemente, homosexual y masoquista. Pese a tantos riesgos en contra, Lawrence tuvo doble fortuna. En primer lugar, por tener la posibilidad de luchar en la tierra que admiraba (dada su imprevisible conducta no cabe hablar de servir). Por otra parte, porque consiguió que sus itinerarios vitales y sus acciones bélicas fueran recogidos con magnificencia por David Lean en la obra maestra que es Lawrence de Arabia.
No importa que se nos escamotee parte de la historia e, incluso se agradece que su personalidad real se insinúe sólo en breves escenas. No importa que T.E. Lawrence fuera un guerrillero en tierras jordanas o sirias y no, propiamente, en territorio árabe. Lean y el guionista Robert Bolt recogen la leyenda oral y el testimonio autobiográfico que el propio Lawrence dejara en su obra (panegírico) "Los siete pilares de la sabiduría" para construir una brillante aproximación a la construcción de un mito.
Es por este motivo que tiene sentido el atributo: Lawrence de Arabia. La herencia del misterio de las Mil y una Noches, de la Reina de Saba, el exotismo de la Legión Extranjera, unidos en la figura mesiánica de un "outsider" que acabó por triunfar entre propios y ajenos pero que fue devorado por su propia aura de héroe.
El modélico guión de Bolt y Michael Wilson nos presenta la evolución de Lawrence: de funcionario desesperado por su destino y por la incompetencia de sus superiores a enviado especial a un puesto mucho más relevante de lo que inicialmente parece. Lawrence devendrá el líder de un insospechado ejército panarabista (que sin duda repudiarían los fundadores del partido baasista, Hafez el Assad y Saddam Hussein ante una fórmula que en realidad encubría un colonialismo pertinaz) para devaluarse luego en un rol colateral que le arrastra a la marginalidad y a la locura en los coletazos del Gran Juego. Un epílogo, colocado como prólogo en una inteligente opción de montaje, permite ver tanto la valoración que se hizo del personaje como la hipocresía de una sociedad superada por un individuo aventajado a su tiempo.
Lo más interesante de la película es, a mi parecer, la relación que Lean establece entre Lawrence y Arabia. Así, de un prólogo–epílogo situado en Inglaterra, donde T.E. falleció en accidente de motocicleta, y tras un interludio en interiores cairotas, Lean lanza a su héroe a la aventura. En dos breves escenas el director y un inconmensurable Peter O'Toole (en su primer papel estelar) construyen un Lawrence, el primer Lawrence. El militar juega a apurar una cerilla que se consume entre sus dedos. Cuando su compañero lo intenta y se quema, se queja: "¡Duele! ¿Cómo haces para que no te duela?" A lo que el futuro mito responde: "Lo importante no es conseguir que no duela. Es que no te importe que duela". Masoquismo y perseverancia como claves de Thomas Edward.
Cuando se entrevista con el Sr. Dryden, maquinador del mapa geopolítico de Oriente Medio, Lawrence le convence de la necesidad y posibilidad de crear un ejército irregular árabe que luche a favor de Inglaterra. El político libera a Lawrence de su funcionaria actividad a la par que se evidencian ante el espectador tanto los amplios conocimientos de Lawrence en lenguas y cultura orientales como su inocencia. La escena tendrá dos complementos. El primero a mitad de metraje, tras la toma de Aqaba, con la confirmación de Lawrence por parte de sus superiores como líder bélico. El segundo, con el guerrillero ausente, revela que su habilidad y su carisma han sido ideales herramientas para un gran plan de reparto de Oriente Medio elaborado a sus espaldas por los políticos.
De regreso a su oficina un feliz Lawrence se prepara para el viaje. Enciende de nuevo una cerilla y Lean funde su imagen con la de un sol despuntando sobre las dunas. Suena la melodía envolvente creada por Maurice Jarre. De la mano del joven Thomas Edward entramos en territorio mítico.
Existen nombres de resonancias míticas. Zanzíbar, Tombuctú, Omán, Patagonia, Samoa, Machu Pichu... Más que lugares, espacios que acogen sueños y deseos. El cine, agente reciclador de ensoñaciones, ha reelaborado muchos de ellos, los ha "formateado" y, en algunos casos, los ha elevado a la categoría de mito, como si se tratasen de la Atlántida, de Shangri La o de Eldorado. Hay también nombres de exploradores que fueron en busca de parajes tan míticos como los nombrados: Gengis Khan, Burton, Livingstone, Amundsen, Scott, Mallory y Tensing, Alejandro Magno. Pocos de ellos, sin embargo, han gozado de buena fortuna en su representación en el cine. Hay, no obstante, un personaje que adquirió categoría mítica en la vida real (sobre todo "post mortem", todo hay que decirlo) y a quien el cine inmortalizó en "scope" y con fanfarrias: Thomas Edward Lawrence, "Orens", Lawrence de Arabia... Un auténtico solitario que lo tenía todo para ser menospreciado por la sociedad de su época: misántropo, orientalista cultivado, militar enemigo de las normas y, más que probablemente, homosexual y masoquista. Pese a tantos riesgos en contra, Lawrence tuvo doble fortuna. En primer lugar, por tener la posibilidad de luchar en la tierra que admiraba (dada su imprevisible conducta no cabe hablar de servir). Por otra parte, porque consiguió que sus itinerarios vitales y sus acciones bélicas fueran recogidos con magnificencia por David Lean en la obra maestra que es Lawrence de Arabia.No importa que se nos escamotee parte de la historia e, incluso se agradece que su personalidad real se insinúe sólo en breves escenas. No importa que T.E. Lawrence fuera un guerrillero en tierras jordanas o sirias y no, propiamente, en territorio árabe. Lean y el guionista Robert Bolt recogen la leyenda oral y el testimonio autobiográfico que el propio Lawrence dejara en su obra (panegírico) "Los siete pilares de la sabiduría" para construir una brillante aproximación a la construcción de un mito.
Es por este motivo que tiene sentido el atributo: Lawrence de Arabia. La herencia del misterio de las Mil y una Noches, de la Reina de Saba, el exotismo de la Legión Extranjera, unidos en la figura mesiánica de un "outsider" que acabó por triunfar entre propios y ajenos pero que fue devorado por su propia aura de héroe.
El modélico guión de Bolt y Michael Wilson nos presenta la evolución de Lawrence: de funcionario desesperado por su destino y por la incompetencia de sus superiores a enviado especial a un puesto mucho más relevante de lo que inicialmente parece. Lawrence devendrá el líder de un insospechado ejército panarabista (que sin duda repudiarían los fundadores del partido baasista, Hafez el Assad y Saddam Hussein ante una fórmula que en realidad encubría un colonialismo pertinaz) para devaluarse luego en un rol colateral que le arrastra a la marginalidad y a la locura en los coletazos del Gran Juego. Un epílogo, colocado como prólogo en una inteligente opción de montaje, permite ver tanto la valoración que se hizo del personaje como la hipocresía de una sociedad superada por un individuo aventajado a su tiempo.
Lo más interesante de la película es, a mi parecer, la relación que Lean establece entre Lawrence y Arabia. Así, de un prólogo–epílogo situado en Inglaterra, donde T.E. falleció en accidente de motocicleta, y tras un interludio en interiores cairotas, Lean lanza a su héroe a la aventura. En dos breves escenas el director y un inconmensurable Peter O'Toole (en su primer papel estelar) construyen un Lawrence, el primer Lawrence. El militar juega a apurar una cerilla que se consume entre sus dedos. Cuando su compañero lo intenta y se quema, se queja: "¡Duele! ¿Cómo haces para que no te duela?" A lo que el futuro mito responde: "Lo importante no es conseguir que no duela. Es que no te importe que duela". Masoquismo y perseverancia como claves de Thomas Edward.
Cuando se entrevista con el Sr. Dryden, maquinador del mapa geopolítico de Oriente Medio, Lawrence le convence de la necesidad y posibilidad de crear un ejército irregular árabe que luche a favor de Inglaterra. El político libera a Lawrence de su funcionaria actividad a la par que se evidencian ante el espectador tanto los amplios conocimientos de Lawrence en lenguas y cultura orientales como su inocencia. La escena tendrá dos complementos. El primero a mitad de metraje, tras la toma de Aqaba, con la confirmación de Lawrence por parte de sus superiores como líder bélico. El segundo, con el guerrillero ausente, revela que su habilidad y su carisma han sido ideales herramientas para un gran plan de reparto de Oriente Medio elaborado a sus espaldas por los políticos.
De regreso a su oficina un feliz Lawrence se prepara para el viaje. Enciende de nuevo una cerilla y Lean funde su imagen con la de un sol despuntando sobre las dunas. Suena la melodía envolvente creada por Maurice Jarre. De la mano del joven Thomas Edward entramos en territorio mítico.
Si el metraje previo permitía atisbar los prolegómenos del mito (y la más simple realidad), la entrada de Lawrence en el desierto corresponde al inicio del mito. El desierto es territorio Lawrence. El desierto es pureza. El desierto es la puerta que Lawrence toma para entrar no en la Historia sino en la Leyenda. Cuando, más adelante, el desierto es substituido por interiores o páramos secos, el mito se desdibuja y adquiere contornos amenazantes.
En territorio tribal, frente al Sherif Alí (otro Sharif, Omar, también debutante en el cine comercial occidental y también con una gran interpretación), Lawrence exhibe de nuevo y simultáneamente, ilusión, conocimiento e ingenuidad. Congeniando con el Príncipe Faisal (el camaleónico Alec Guinness) gracias a su conocimiento del Corán, trama un arriesgado plan para cruzar el desierto del Nafud y tomar la fortificación turca de Aqaba por la desprotegida retaguardia. Su acción dará paso libre a la armada inglesa por el Mar Rojo y prestigiará el ejército árabe que pretende crear, salvando a los beduinos de un probable exterminio. En este punto todo el equipo se luce. Bolt, con un guión de doble salto mortal, que lanza al novato al liderazgo mediante un plan que, en la realidad, no fue tan arriesgado. O'Toole, que otorga matices emparejados de temor y tenacidad. Jarre que trasciende en la banda sonora el magnífico tema del desierto para insinuar los aspectos más atormentados de Lawrence. Lean, orquestando todos los instrumentos, escenificará con tensión narrativa los preparativos del viaje y, usando con sabiduría el espacio horizontal del desierto, la luz y las notas musicales, impacta al espectador con las imágenes de la trayectoria a través del llamado yunque de Dios. Este "tour de force" se completa con el retorno al desierto de Lawrence en busca de un jinete caído durante la travesía nocturna y su regreso, triunfante, con el mismo. O cruzan todos o no llegan a Aqaba. Lawrence lo consigue y nace el Mito.
En territorio tribal, frente al Sherif Alí (otro Sharif, Omar, también debutante en el cine comercial occidental y también con una gran interpretación), Lawrence exhibe de nuevo y simultáneamente, ilusión, conocimiento e ingenuidad. Congeniando con el Príncipe Faisal (el camaleónico Alec Guinness) gracias a su conocimiento del Corán, trama un arriesgado plan para cruzar el desierto del Nafud y tomar la fortificación turca de Aqaba por la desprotegida retaguardia. Su acción dará paso libre a la armada inglesa por el Mar Rojo y prestigiará el ejército árabe que pretende crear, salvando a los beduinos de un probable exterminio. En este punto todo el equipo se luce. Bolt, con un guión de doble salto mortal, que lanza al novato al liderazgo mediante un plan que, en la realidad, no fue tan arriesgado. O'Toole, que otorga matices emparejados de temor y tenacidad. Jarre que trasciende en la banda sonora el magnífico tema del desierto para insinuar los aspectos más atormentados de Lawrence. Lean, orquestando todos los instrumentos, escenificará con tensión narrativa los preparativos del viaje y, usando con sabiduría el espacio horizontal del desierto, la luz y las notas musicales, impacta al espectador con las imágenes de la trayectoria a través del llamado yunque de Dios. Este "tour de force" se completa con el retorno al desierto de Lawrence en busca de un jinete caído durante la travesía nocturna y su regreso, triunfante, con el mismo. O cruzan todos o no llegan a Aqaba. Lawrence lo consigue y nace el Mito.
Lejos del esquematismo, Bolt y Wilson introducen matices en la actitud de T.E. Lawrence. Su relación con los beduinos y, específicamente, con el Sherif Alí tiene tintes de amor y odio. Admira su capacidad de vivir en el desierto (un espacio que le gusta "porque está limpio"), las carreras de camellos, su instinto de supervivencia, su parafernalia. No obstante recrimina a su compañero el tribalismo y atraso que mantienen al pueblo árabe preso de su pasado. Alí, admirador de su coraje y su astucia, es lo bastante lúcido para echarle en cara su papel como representante de una parte interesada en el conflicto. El punto de encuentro entre Lawrence y Alí, entre un Occidente fascinado por el arabismo y un modesto progresismo árabe es el desierto, un espacio de libertad que puede ser vivido en libertad, gozado o vencido, La luz de arenas blancas proyectada en la pantalla blanca por Lean mitifica tanto el paraje como el personaje.
Curiosamente el conflicto entre ambas mentalidades, entre ambos personajes, se expone meridianamente en el desierto, puesto en evidencia bajo un sol implacable y bajo la luz de la luna inquisitva. Durante la travesía nocturna del llamado Yunque de Dios, Gasir cae de su montura sin que nadie se aperciba hasta el final del trayecto. Lawrence plantea que deben retroceder para recogerlo antes de que el sol acabe con él. Alí le replica que si muere es que estaba escrito y Lawrence insiste en que sólo la unión les dará la victoria por lo que ni un solo hombre puede quedarse atrás. Tras su regreso triunfal con Gasir, tras su proclamación como héroe (simbolizada en las ropas regias con las que le adornan), tras su alianza con la tribu de Auda (salvaje composición de Anthony Quinn) y en vísperas del asalto a la ciudadela turca, un lance tribal estalla en el campamento. Un hombre de Alí ha matado a un hombre de Auda. Viejas rencillas; pero la sangre se paga con sangre. Auba exige venganza. Alí, para salvar el proyecto árabe, la admite a condición que venga de una mano neutral. Lawrence, desesperado por el primitivismo de los mismos a quienes defiende, acepta ser el verdugo que dé satisfacción a ambos bandos. Cuando se apresta a disparar a un hombre por primera vez en su vida ve asombrado que se trata de Gasir. Lawrence, horrorizado, le ejecuta pese a sus súplicas y arroja lejos de sí un arma que se disputan todos los presentes. Alí, identificando la acción como la señal de compromiso que echaba en falta, le reconforta pero Lawrence le evita. Auba se sorprende de su actitud y Alí explica el motivo. Auba responde: "estaba escrito".
Curiosamente el conflicto entre ambas mentalidades, entre ambos personajes, se expone meridianamente en el desierto, puesto en evidencia bajo un sol implacable y bajo la luz de la luna inquisitva. Durante la travesía nocturna del llamado Yunque de Dios, Gasir cae de su montura sin que nadie se aperciba hasta el final del trayecto. Lawrence plantea que deben retroceder para recogerlo antes de que el sol acabe con él. Alí le replica que si muere es que estaba escrito y Lawrence insiste en que sólo la unión les dará la victoria por lo que ni un solo hombre puede quedarse atrás. Tras su regreso triunfal con Gasir, tras su proclamación como héroe (simbolizada en las ropas regias con las que le adornan), tras su alianza con la tribu de Auda (salvaje composición de Anthony Quinn) y en vísperas del asalto a la ciudadela turca, un lance tribal estalla en el campamento. Un hombre de Alí ha matado a un hombre de Auda. Viejas rencillas; pero la sangre se paga con sangre. Auba exige venganza. Alí, para salvar el proyecto árabe, la admite a condición que venga de una mano neutral. Lawrence, desesperado por el primitivismo de los mismos a quienes defiende, acepta ser el verdugo que dé satisfacción a ambos bandos. Cuando se apresta a disparar a un hombre por primera vez en su vida ve asombrado que se trata de Gasir. Lawrence, horrorizado, le ejecuta pese a sus súplicas y arroja lejos de sí un arma que se disputan todos los presentes. Alí, identificando la acción como la señal de compromiso que echaba en falta, le reconforta pero Lawrence le evita. Auba se sorprende de su actitud y Alí explica el motivo. Auba responde: "estaba escrito".
El funcionario deviene aventurero y el aventurero, inesperadamente, soldado. El hombre se transforma en mito. No obstante en la circularidad argumental esta escena se corresponde con otra. Hacia el final de la cinta Lawrence, ignorado por los suyos, aislado de los árabes, rodeado de mercenarios, violado por los turcos durante una misión de espionaje, se venga de éstos en un salvaje ataque a un convoy de fugitivos. El sol se tiñe de rojo mientras la sangre inunda el suelo y Orens, completamente enloquecido, vacía el cargador de sus armas contra víctimas indefensas ante el horror de Alí. El mito cae y se convierte en bestia.
Lawrence de Arabia dura alrededor de 216 minutos y tiene un intermedio. Lejos de terminar la primera mitad con la victoria en Aqaba, Lean opta por mostrar el calvario de Orens y sus dos ayudantes (¿amantes?) yendo a informar al alto mando inglés del triunfo. Para ello, deben cruzar el Sinaí... como Moisés. De nuevo, Lawrence adopta un aire mesiánico, liberador, autoreferenciándose como el profeta de cristianos y musulmanes que lleva a su pueblo a una Tierra Prometida que él nunca pisó.
La travesía es pesadillesca, incluye la desaparición de uno de sus amigos en arenas movedizas, tempestades de arena y, finalmente, la fantasmagórica aparición de un barco en pleno desierto. Desde el interior de una cabaña abandonada, Lawrence descubre el Canal de Suez... La entrada en gloria masoquista en el cuartel inglés (la sevillana Plaza de España, en realidad) es la celebración militar del sacrificio que le consagra ante los suyos.
Al inicio de la segunda mitad, "Orens" es aclamado por su ejército tras asaltar un tren. Un balazo le derriba; pero él se levanta, incólume, impoluto, invencible, mientras decapitan a su agresor. Un periodista yanqui (Arthur Kennedy) contribuye a la divulgación del nuevo mito oriental. Curiosamente, tras un arranque tan potente, la cinta se desacelera lo que ha llevado, popularmente, a reivindicar para ella la filosofía de "nunca segundas partes fueron buenas". Y, pese al evidente bajón de ritmo, Lawrence de Arabia no tendría la mitad de interés si no fuera por esta segunda mitad. Arthur Kennedy siembra la duda. ¿Hasta qué punto es Lawrence útil? ¿Hasta qué punto es honesto para con los beduinos, honesto para sí mismo? Mientras Thomas Edward Lawrence escenifica a Lawrence de Arabia, la Política le deja de lado. Una vez más la simbiosis de guión y puesta en escena van de la mano de modo riguroso y certero. De la gloria se pasa a la frustración. Del calor, al frío. De las cabalgadas victoriosas, a escondites insalubres. De los grandes espacios se pasa a decorados. Los ángulos de cámara son cerrados, se disminuye la iluminación. No hay victorias sino inciertos golpes de mano, fugas, derrotas y muerte... Mientras Occidente gana la guerra, los árabes se enzarzan en discusiones internas. Tras la tortura, tras la marginación, Thomas Edward Lawrence vive la locura. Una locura tan grandilocuente, tan grand guignolesca como su personaje requiere. La aureola heroica parece desvanecerse para siempre y Lawrence no es sino un hombre perdido en sí mismo.
Al final de la cinta, una última ironía. Inglaterra gana la guerra, el Imperio Otomano se desmorona; pero son los árabes quienes alcanzan Damasco y lo toman para sí. Victoria pírrica para unos y otros. Oriente no sabe qué hacer con la ciudad que se quema en incendios provocados mientras los jeques tribales discuten en el improvisado parlamento. Lawrence, contento inicialmente de la victoria árabe, ve, vestido de beduino, las consecuencias del lance: barrios arrasados, caos por doquier, peleas étnicas, heridos abandonados a su suerte en hospitales infectos... Un oficial inglés, asqueado, le golpea sin saber de quién se trata. Lawrence ríe histéricamente. El círculo trazado por Bolt y Lean con asombrosa precisión nos devuelve al inicio. El hombre, antes mito, luego diablo, vuelve a ser hombre. La persistencia de lo efímero. La repetición de la Historia. No se requiere demasiada imaginación para asimilar esta Arabia y este Damasco con Gaza, Cisjordania y Bagdad. Siempre nos movemos en círculos y es esto lo que angustia a los inquietos como Lawrence de Arabia.
Un tiempo después Lawrence es reconocido por los ingleses como "miles gloriosus" y vuelve a su país con rango de coronel. Camino del aeropuerto una motocicleta semejante a la que causará su muerte se cruza en su camino. ¿Estaba escrito? (Texto de Antoni Poris, tomado de Miradas de Cine)
La travesía es pesadillesca, incluye la desaparición de uno de sus amigos en arenas movedizas, tempestades de arena y, finalmente, la fantasmagórica aparición de un barco en pleno desierto. Desde el interior de una cabaña abandonada, Lawrence descubre el Canal de Suez... La entrada en gloria masoquista en el cuartel inglés (la sevillana Plaza de España, en realidad) es la celebración militar del sacrificio que le consagra ante los suyos.
Al inicio de la segunda mitad, "Orens" es aclamado por su ejército tras asaltar un tren. Un balazo le derriba; pero él se levanta, incólume, impoluto, invencible, mientras decapitan a su agresor. Un periodista yanqui (Arthur Kennedy) contribuye a la divulgación del nuevo mito oriental. Curiosamente, tras un arranque tan potente, la cinta se desacelera lo que ha llevado, popularmente, a reivindicar para ella la filosofía de "nunca segundas partes fueron buenas". Y, pese al evidente bajón de ritmo, Lawrence de Arabia no tendría la mitad de interés si no fuera por esta segunda mitad. Arthur Kennedy siembra la duda. ¿Hasta qué punto es Lawrence útil? ¿Hasta qué punto es honesto para con los beduinos, honesto para sí mismo? Mientras Thomas Edward Lawrence escenifica a Lawrence de Arabia, la Política le deja de lado. Una vez más la simbiosis de guión y puesta en escena van de la mano de modo riguroso y certero. De la gloria se pasa a la frustración. Del calor, al frío. De las cabalgadas victoriosas, a escondites insalubres. De los grandes espacios se pasa a decorados. Los ángulos de cámara son cerrados, se disminuye la iluminación. No hay victorias sino inciertos golpes de mano, fugas, derrotas y muerte... Mientras Occidente gana la guerra, los árabes se enzarzan en discusiones internas. Tras la tortura, tras la marginación, Thomas Edward Lawrence vive la locura. Una locura tan grandilocuente, tan grand guignolesca como su personaje requiere. La aureola heroica parece desvanecerse para siempre y Lawrence no es sino un hombre perdido en sí mismo.
Al final de la cinta, una última ironía. Inglaterra gana la guerra, el Imperio Otomano se desmorona; pero son los árabes quienes alcanzan Damasco y lo toman para sí. Victoria pírrica para unos y otros. Oriente no sabe qué hacer con la ciudad que se quema en incendios provocados mientras los jeques tribales discuten en el improvisado parlamento. Lawrence, contento inicialmente de la victoria árabe, ve, vestido de beduino, las consecuencias del lance: barrios arrasados, caos por doquier, peleas étnicas, heridos abandonados a su suerte en hospitales infectos... Un oficial inglés, asqueado, le golpea sin saber de quién se trata. Lawrence ríe histéricamente. El círculo trazado por Bolt y Lean con asombrosa precisión nos devuelve al inicio. El hombre, antes mito, luego diablo, vuelve a ser hombre. La persistencia de lo efímero. La repetición de la Historia. No se requiere demasiada imaginación para asimilar esta Arabia y este Damasco con Gaza, Cisjordania y Bagdad. Siempre nos movemos en círculos y es esto lo que angustia a los inquietos como Lawrence de Arabia.
Un tiempo después Lawrence es reconocido por los ingleses como "miles gloriosus" y vuelve a su país con rango de coronel. Camino del aeropuerto una motocicleta semejante a la que causará su muerte se cruza en su camino. ¿Estaba escrito? (Texto de Antoni Poris, tomado de Miradas de Cine)
"Lawrence of Arabia" is the sweeping, grand and brilliantly conceived fictional account of the life of T.E. Lawrence. The plot follows Lawrence from his modest beginnings as a somewhat backward British officer, to his rise as a cult figure and finally, his downward spiral and death. In his debut film, Peter O'Toole delivers a tour de force performance. Omar Shariff is ideally cast as Ali. The evergreen chameleon, Alec Guinness is marvelous. Claude Raines and Jack Hawkins are their usual stellar best. Lean traces this transformation on a vast canvas of awesome physicality; no other movie has captured the expanse of the desert with such scope and grandeur. Equally important is the psychology of Lawrence, who remains an enigma even as we grasp his identification with the desert. Perhaps the greatest triumph of this landmark film is that Lean has conveyed the romance, danger, and allure of the desert with such physical and emotional power. It's a film about a man who leads one life but is irresistibly drawn to another, where his greatness and mystery are allowed to flourish in equal measure. --Jeff Shannon 

"Todos los hombres sueñan, pero no del mismo modo. Los que sueñan de noche en los polvorientos recovecos de su espíritu se despiertan al día siguiente para encontrar que todo era vanidad. Mas los soñadores diurnos son peligrosos, porque pueden vivir su sueño con los ojos abiertos a fin de hacerlo posible. Esto es lo que yo hice." T. E. Lawrence
"Cuando un gran actor dice su frase puedes cortar en ese momento y queda de maravilla; cuando una estrella dice su frase puedes aguantar todavía cuatro fotogramas, porque sucede algo más." David Lean

Subs:
-o-
David Lean en Arsenevich


NOTA: Joya mayor de la corona de Hipofilms. Salve, Hipo!!
3 comentarios:
Resubida Chantaje en Broadway de Mackendrick.
Sayno, me parece exquisita esta película que cuelgas. Pero me parece también una mentira histórica, puesto que asocia un movimiento político a un hombre (un poco como cuando se culpa únicamente a Hitler de la segunda guerra mundial). En el mismo sentido, falla (huelga decir que en mi opinión) 'Omar Mukhtar (El león del desierto)', de M. Akkad, a pesar de que ésta sí se hace eco de las aspiraciones árabes (bereberes, concretamente) sin delegar esa responsabilidad en el colonizador blanco. Si no la conoces, te la recomiendo vivamente.
A mí Lean me parece un director exquisito, pero creo que era un hombre muy limitado a la hora de pensar, sinceramente lo digo, y aludiendo a sus frescos históricos (qué decir de 'El puente sobre el río Kwai', donde los japoneses son tan tontos que tienen que recurrir a la inteligencia inglesa para construir un simple puente, ¡por Dios!). Por ejemplo, cualquiera que lea 'Doctor Zhivago' se da cuenta de que Pasternak repudiaba el totalitarismo comunista, pero en ningún caso caricaturizó Pasternak a Pasha (el novio de Lara), que en la película de Lean es, sin embargo, un fanático unidimensional. Además, Ipolitovich (Steiger) se hace casi simpático cuando en la novela es un perfecto sinvergüenza. Lean hizo una película anti-comunista mientras que Pasternak escribió una novela anti-totalitaria, pero que en ningún momento manifiesta simpatías hacia el zar (cosa que sí se hace en el filme por boca de Sharif, cuando se cuestiona que haya sido el zar el autor de la orden de arremeter contra una manifestación -escena en el balcón-).
Estos comentarios pueden parecer improcedentes, pero yo pienso que forma y contenido van unidos, como un animal y su pellejo, y no como un hombre y su traje, y por tanto no pueden separarse en nombre de la estética. Claro que ya es una opinión mía, mucho más subjetiva, la consideración de que los ingleses son el pueblo más imperialista que ha dado la Historia (qué ejemplo más notorio cabe, sobre esto, que las películas ambientadas en África, donde nunca veremos a una chica negra, sino a una Marilyn transportada a exóticos parajes: todo se convierte en un paisaje al servicio del protagonismo anglosajón).
A Lean, al menos yo, me acerco como a Leni R., o al propio Eisentein, es decir que sé que me está sermoneando con su talento visual.
Saludos
Sì, es cierto, al menos en parte, puesto que Lean nunca pretendiò realizar pelis històricas en el sentido màs estricto del tèrmino (y hasta donde puede aguantar, ademàs, el tèrmino "històrico" dentro de una obra artìstica), de hecho tampoco respetò a pie juntllas los textos literarios en los que basò los guiones de los films que citas. Y sì, hay frases, gestos, escenas enteras que son de una ingenuidad polìtica realmente asombrosa, creo incluso que Kurosawa se negò a rodar una peli con èl por la visiòn tan manìquea que dio de los japoneses en El puente sobre el rìo Kwai. Igual lo que a mì termina inclinàndome la balanza a favor de sus films es la increìble fuerza visual que despliegan y algo parecido a la densidad existencial de las historias y, sobretodo, de los personajes, al menos en esas tres pelis que mencionas, Lobo. Un abrazo, siempre es un placer leerte.
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